Siempre se creyó que la agricultura nació para asegurar el alimento. Sin embargo, nuevos hallazgos arqueológicos y debates científicos apuntan a una posibilidad mucho más humana: que el deseo de fermentar cereales y producir cerveza haya sido uno de los motores que empujó a nuestra especie a abandonar la vida nómada y sentar las bases de la civilización.
Fuente: Gizmodo
El ser humano ha vivido eternamente en movimiento. Cazaba, recolectaba, seguía a los animales y dependía del ritmo de las estaciones. Pero hace unos 12.000 años algo cambió de forma radical. En una franja del Próximo Oriente, nuestros antepasados dejaron de desplazarse constantemente, empezaron a domesticar plantas y levantaron los primeros asentamientos permanentes. Nacía la agricultura… y con ella, la civilización.
La explicación clásica sostiene que este giro histórico ocurrió por una razón simple: garantizar comida. Sin embargo, un informe de Xataka explica que desde hace décadas, arqueólogos y antropólogos se hacen una pregunta incómoda. ¿Y si el pan no fue el verdadero detonante? ¿Y si aquello que nos llevó a cultivar cereales fue algo mucho más fermentado?

El gran misterio de la Revolución Neolítica
La Revolución Neolítica marca uno de los cambios más profundos de la historia humana. Supuso abandonar una vida flexible pero incierta por otra más estable… y también más dura. Cultivar implicaba trabajar la tierra durante meses, esperar cosechas, soportar hambrunas y depender del clima.
Desde el punto de vista evolutivo, no parecía una decisión evidente.
Por eso, desde mediados del siglo XX, algunos investigadores comenzaron a plantear una alternativa: que la agricultura no surgiera solo para comer, sino para producir bebidas fermentadas. La idea fue considerada durante años una provocación académica. Hoy, ya no tanto.
La cerveza prehistórica no era como la actual

Conviene aclararlo desde el inicio: la cerveza del Neolítico no se parecía en nada a la que hoy se sirve en un bar. No era transparente, ni fría, ni carbonatada. Según explica la arqueóloga Jiajing Wang, del Dartmouth College, se trataba de una especie de gachas dulces y ligeramente fermentadas.
Los granos se germinaban, se machacaban y se dejaban fermentar con levaduras silvestres. El resultado era una mezcla espesa, nutritiva, rica en calorías, proteínas y vitaminas.
En un mundo donde el agua podía ser peligrosa y la dieta inestable, aquel brebaje tenía ventajas evidentes. Pero había algo más: el alcohol.
El alcohol como herramienta social
El alcohol no solo aporta calorías. También modifica el comportamiento humano. Reduce la ansiedad, favorece la sociabilidad y fortalece los vínculos de grupo. Exactamente las cualidades necesarias para comunidades cada vez más grandes.
El arqueólogo Brian Hayden sostiene que estas bebidas pudieron desempeñar un papel clave en banquetes rituales, celebraciones colectivas y ceremonias funerarias. Eventos donde se reforzaban jerarquías, alianzas y cohesión social.
En otras palabras: la cerveza no solo alimentaba el cuerpo, también ayudaba a construir la sociedad.
El hallazgo que reavivó el debate
En 2018, un equipo liderado por la arqueóloga Li Liu, de la Universidad de Stanford, descubrió restos químicos de fermentación en morteros de piedra hallados en la cueva de Raqefet, en Israel. Los utensilios tenían unos 13.000 años de antigüedad.
El dato era explosivo.
Aquellas evidencias de cerveza eran anteriores —o al menos contemporáneas— a los primeros cereales domesticados conocidos en la región. Además, pertenecían a los natufienses, un pueblo cazador-recolector que aún no practicaba agricultura formal, pero que ya se asentaba durante largos periodos.
Según Liu, se trata del registro más antiguo de alcohol producido por el ser humano.
¿Cerveza antes que pan?
Aquí surge el verdadero dilema científico.
Los restos más antiguos de pan conocidos tienen una antigüedad similar: entre 11.600 y 14.600 años. El problema es que pan y cerveza dejan huellas arqueológicas muy parecidas, principalmente residuos de almidón alterado.
Eso hace extremadamente difícil determinar qué apareció primero.
Michael Marshall, periodista científico de New Scientist, resume el consenso actual con crudeza: no existen pruebas definitivas para cerrar el debate. La evidencia sugiere que ambas prácticas coexistieron y se influyeron mutuamente.
Un cambio impulsado por múltiples razones

Cada vez más investigadores creen que la pregunta “¿pan o cerveza?” quizá esté mal planteada.
La transición al Neolítico no habría sido causada por un único factor, sino por una combinación de necesidades: alimento, rituales, cohesión social, identidad cultural y, sí, también placer.
La fermentación pudo haber actuado como incentivo adicional para producir excedentes de grano. Una razón más para quedarse en un lugar, proteger las cosechas y repetir el proceso año tras año.
Lo que dice esto sobre nosotros
Si la teoría es correcta —aunque sea en parte—, la civilización no nació únicamente del hambre, sino también del deseo de compartir, celebrar y modificar la conciencia.
La agricultura no habría sido solo una solución práctica, sino una consecuencia cultural. Doce mil años después, seguimos reuniéndonos alrededor de bebidas fermentadas para sellar amistades, negociar acuerdos o simplemente desconectar. Quizás no hayamos cambiado tanto.
Tal vez, cuando dejamos de perseguir mamuts y empezamos a cultivar cereales, no solo estábamos buscando sobrevivir.
Puede que también estuviéramos buscando brindar.

